mayo 7, 2017

La Victoria de Anchuras

 

 
La victoria de Anchuras

La victoria de Anchuras

La victoria de Anchuras
Los campos de tiro están gafados en las sierras que rodean los Montes de Toledo. Las pasadas fiestas de San Miguel, patrono de Anchuras, los mozos se quedaron con las ganas de probar su puntería en el campeonato que el ayuntamiento organizó en el campo de tiro del pueblo. Es más que seguro que fue San Miguel el que tomó la decisión de que en su fiesta, que este año coincidía con la victoria sobre el otro campo de tiro, en Anchuras no se debían oír un disparo. La máquina que lanza los platos se estropeó y hubo que anular la tradicional competición. Cuando al día siguiente, domingo, el pueblo iba detrás del Santo, todo el mundo se preguntaba quién habría hecho el milagro de Anchuras, si la ministra de Medio Ambiente, que encabezaba la procesión; si Santiago, Lola y Alfonso, los líderes de la coordinadora contra el campo de tiro, que iban detrás; si los ecologistas, que durante ocho años invadieron el pueblo para participar en los cientos de actos de protesta que se organizaron; si la prensa, que difundió a los cuatro vientos todo lo que allí pasaba; si los pintores, artistas, cantantes, humoristas, escritores e intelectuales que desfilaron por Anchuras para manifestar su apoyo a la causa. «La suma de todo ello», era la conclusión unánime.
Es probable que algo haya tenido que ver con la decisión de desestimar el polígono de tiro la abundancia de grandes rapaces y aves planeadoras que hay en los Montes de Toledo y sierras extremeñas de Villuercas y Monfragüe. 5.000 grullas, 500 avutardas, 120 buitres leonados, 80 buitres negros, 30 alimoches, más de cien águilas reales, perdiceras e imperiales y ni se sabe cuántas cigüeñas blancas, sisones y otras aves de gran envergadura habitan en un radio de 60 kilómetros en torno a Anchuras y sobrevuelan constantemente el perímetro que necesitarían los aviones de caza para realizar sus prácticas de tiro.

Como advertía la asociación ecologista extremeña ADENEX, en un informe que entregó al ministro de Defensa en 1988, «el impacto de un ave de un kilo de peso contra un avión que vuele a más de 500 kilómetros por hora es más potente que un proyectil antiaéreo de 30 mm. de calibre», según un trabajo realizado por los rusos en 1986, cuyos aviones padecen este problema en las áreas de gran riqueza faunística de este país y en el que calculaban que sólo la aviación civil registraba en Rusia 1.500 impactos al año, de los cuales un 10% provocaban serios desperfectos. En el caso de los aviones de combate, son numerosos los accidentes de este tipo en diversos países, entre ellos España, en los que el avión se estrelló.

La victoria de Anchuras
Embalse del Cíjara, a muy pocos kilómetros de la diana del polémico polígono de tiro.

 

La victoria de Anchuras
La idea de crear un polígono de tiro para aviones en la zona de mayor densidad de grandes aves de Europa, parece ser que la propuso en 1981, a petición del Ministerio de Defensa, el Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza (Icona). Tal vez tuvieran en la cabeza los campos de maniobras del Ejército de Tierra, que -barbaridades ocasionales aparte- han contribuido a mantener una naturaleza agreste en varias zonas de España. Esta idea fue la que sostuvieron también Narcís Serra y otros políticos, que insistieron siempre en que la declaración del campo de tiro mejoraría las condiciones naturales de la zona afectada.

Los gobiernos socialistas continuaron con la idea de usar Cabañeros para prácticas de tiro de la aviación. El mayor argumento era que el lugar era céntrico y se ahorraba mucho combustible. Del gasto que hubieran supuesto las probables colisiones nadie hablaba.

El 26 de marzo de 1983 se confirmó que se iba a instalar el polígono de tiro en Cabañeros, en una finca de 27.000 hectáreas, hoy parque nacional por sus enormes valores ecológicos representativos del bosque mediterráneo. Al día siguiente, un grupo de personas vinculadas a la revista Quercus crearon el grupo de acción Phoracantha con el fin de ocupar Cabañeros, en un acto que quería imitar la acción del movimiento ecologista alemán en Gorleben, donde se fundó en 1979 un poblado de ocupación de varios miles de personas, para impedir que se instalara un almacén de residuos nucleares.

La invasión de Cabañeros fue más ficticia que real. La columna de ocupación eran en realidad cuatro, aunque es cierto que algún domingo llegaron a congregar hasta 500 personas. La emisora de radio desde la que emitían llamadas de socorro no debía llegar muy lejos, pero daba un tono guerrillero al campamento. El ministerio de Defensa decidió aparcar su proyecto. Pero cuando años después volvieron a la carga, otras organizaciones, en especial la Coordinadora de Organizaciones de Defensa Ambiental (CODA), tomaron el relevo de las ocupaciones. Al final se decidió buscar otra ubicación al polígono de tiro.

Las tormentas, espectaculares en estas zonas manchegas, hicieron su presencia en momentos cumbre de la lucha contra el campo de tiro. El campamento de ocupación de Cabañeros no llegó a ser ni fotografiado; cuando ya se habían construido las primeras cabañas una tromba de agua las derribó.

En 1988, otra tormenta enfrió los ánimos esta vez en Anchuras. Los antidisturbios estaban a punto de cargar contra vecinos de Anchuras que habían cercado a los veinte soldados que intentaban medir el futuro campo de tiro. Años más tarde, el 21 de julio de 1991, durante una de las fiestas anuales organizada por la Coordinadora, una tercera tormenta causó la muerte de Ignacio Cuevas, de 20 años, y José Luis del Rosario, de 18. Se protegían de la lluvia bajo un árbol que fue alcanzado por un rayo.

Independientemente de las tormentas meteorológicas, los socialistas querían agradar a los militares y proporcionarles un nuevo campo de tiro. Estaban temerosos de que en los cuarteles se sintieran acorralados tras los casos del archipiélago de Cabrera y de Cabañeros, territorios propiedad de Defensa que se declararon espacios naturales protegidos. Consideraban que ya no se podía dar un tercer caso consecutivo de rechazo a las maniobras militares. Bajo estas premisas, los altos mandos del PSOE anunciaron que aquello ya no lo paraba nadie.

La victoria de Anchuras
Las pintadas del muro permanecen como un recuerdo de las movilizaciones
El 20 de julio de 1988, el gobernador civil de Ciudad Real convocó al alcalde de Anchuras. Santiago Martín tenía entonces 25 años y acababa de acceder al poder municipal con una candidatura independiente que desbancó al PSOE al alcanzar mayoría relativa y lograr el apoyo del PP para gobernar. La cita era para comunicarle que su pueblo iba a ser elegido aquel mismo día por el Consejo de Ministros para ubicar el polígono de tiro que no había podido ser en Cabañeros. En el despacho del gobernador media docena de altos mandos del Ejército del Aire le enseñan los planos de la zona elegida. «Os cargáis el pueblo» fue la respuesta de Santiago Martín. Se le dice que el ministro en persona quiere explicarle la necesidad de que no oponga resistencia a las pretensiones de Defensa y un helicóptero le traslada en aquel mismo momento a Madrid. Serra le ofrece todo tipo de prebendas para Anchuras si acepta. «Yo les contesté que mi obligación era reunir al pueblo y que ellos iban a decidir la respuesta», comenta el alcalde.

Los 450 vecinos que quedan en esta localidad (en su primer censo, en el año 1960, Anchuras tenía 1.991 habitantes), situada entre las provincias de Ciudad Real y Toledo, lo tuvieron bien claro desde el primer momento. Todavía hoy lo repiten a todo el que llega: «Si hubiera traído algo bueno, no lo hubieran traído aquí, se lo hubieran quedado los de Alcoba (Cabañeros)». Y ahora añaden: «Se lo hubiera llevado Pujol, como lo del IRPF».

Pero los gobernantes del PSOE no ceden ante la resistencia del pueblo ni ante los expertos en temas de la naturaleza. Establecen una estrategia que ahora es el mayor drama humano que deja tras de sí la historia del polígono de tiro. Convencen a los militantes del partido en Anchuras, dos de ellos concejales, de que tienen que dejar de oponerse al proyecto. A seis les contratan y les piden que hablen con todos los del pueblo que quieran trabajar en el futuro campo de tiro. Sólo uno de los tres concejales del PSOE en Anchuras, un pastor, se rebela y se niega, lo mismo que hace la mayoría del pueblo, que acusa de traidores a los militantes del PSOE. El pueblo se divide en dos bandos.

En las elecciones municipales de 1995, la candidatura independiente es desplazada del ayuntamiento, a pesar de haber sacado 175 votos, frente a 141 del PP y 55 del PSOE. El candidato del PP se erigió en alcalde con la ayuda de los concejales del PSOE. Lo primero que hizo fue negar a los miembros de la Coordinadora en Defensa de Anchuras el acceso a los locales del ayuntamiento. Luego les negó la plaza y otras instalaciones para que se pudiera celebrar como siempre la fiesta del 20 de julio, que conmemora la resistencia al polígono de tiro. Lo último que insinuó fue borrar las decenas de pintadas que los ecologistas y gentes de la zona realizaron en un muro que bordea la carretera a su paso por el pueblo.

El pasado 27 de septiembre, primer día de las fiestas patronales, los afines a la coordinadora estaban en el bar El Cazador, el único lugar de reunión que les queda después de que el alcalde del PP se aliara con los socialistas contratados por el ministerio de Defensa. Estaban comentando la llegada de Isabel Tocino al pueblo y lo que haría ahora el alcalde del PP ante la nueva situación. De pronto el bullicio del bar se silencia tras unas voces que gritan: «¡Eh!, que salimos». Todos miran el televisor cuyo volumen es elevado al máximo. Es el Telediario y en esos momentos el locutor da la noticia de que «el Gobierno del PP ha manifestado su intención de rescindir el contrato de las seis personas de Anchuras que durante los últimos años han cobrado un sueldo de 200.000 pesetas del ministerio de Defensa». El clamor en la sala del bar es impresionante. Da la sensación de que la brecha abierta por la estrategia de algún iluminado de Madrid tardará en restañar en este pueblo manchego.

Erraba el ministro de Defensa socialista Narcís Serra cuando le dijo al alcalde de Anchuras que el anuncio del campo de tiro en su pueblo crearía «revuelo durante un mes en cuatro locos ecologistas» y luego ya nadie diría nada. Es cierto que son cuatro, pero no que su capacidad de defender el sentido común se limite a un mes.

Aquel mismo invierno los representantes de Adenex le entregaron el grueso estudio sobre el «impacto ambiental del polígono de tiro de Anchuras y riesgos para la aviación de combate» del que el catedrático de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid, González Bernáldez, que no ha vivido para ver la victoria, dijera «un informe como éste debería haber sido realizado por el Ministerio de Defensa, antes de decidir la ubicación del polígono de tiro». Su principal autor no era precisamente lo que imagina muy equivocada la mayoría de los militares y políticos que es un ecologista: un barbudo romántico, pacifista y peñazo, que sólo ve flores y avecillas en la vida. Se trataba de Jesús Garzón, gran admirador y defensor del Ejército español, hijo de militar, lo mismo que lo son varios dirigentes de Grefa, la organización de estudio y defensa de la naturaleza que durante seis años estuvo acudiendo a Anchuras para apoyar las acciones de protesta. Los caminos del guerrero de San Miguel deben de ser también inescrutables.

Garzón realizó aquel informe pensando en defender tanto la vida de las aves como la de los pilotos. Anchuras en sí mismo es un lugar interesante. Como canta el poeta del pueblo, Pablo Gutiérrez, 75 años, en sus versos a la lucha contra el polígono: «Nuestro pueblo fue un día asiento de colmeneros y pasaban por su vía trashumantes ganaderos. Nada de él se sabía, ni en el mapa lo encontraban; agricultores había que sus tierras trabajaban».

En efecto, no fue tanto la ubicación de la diana como los pasillos aéreos que necesitaba: Cabañeros, Monfragüe, montes de Toledo, Villuercas… lo que motivó el rechazo desde el punto de vista de la conservación de la naturaleza. A él se sumó el de la defensa de los 450 habitantes de Anchuras, localidad que, como finaliza el poema: «Ya no es pueblo cualquiera/ vive formando haz/ enarbolando bandera/ con paloma de la paz».

 

La victoria de Anchuras

 

Fuente : http://www.elmundo.es/larevista/num52/textos/tiro1.html